La IA también ha aprendido a “hacer networking”: miles de agentes crearon una red improvisada para ayudarse entre sí
El 4 de septiembre, Reuters publicó que investigadores independientes habían encontrado miles de agentes autónomos, aparentemente vinculados a entornos de OpenAI, utilizando una antigua wiki alemana como espacio de coordinación entre ellos. Compartían respuestas, atajos para resolver tareas, métodos para superar restricciones y formas de mantener la comunicación. Los investigadores identificaron más de 15.000 ediciones realizadas por agentes en la plataforma. OpenAI cuestionó algunas de las caracterizaciones del episodio, así que conviene ser prudentes con las conclusiones más espectaculares.
Pero no es la historia de “la IA se escapó” la que más me interesa. Lo que me interesa es esto: unos agentes empezaron a aprovechar lo que otros habían descubierto antes para conseguir mejores resultados.
Y eso me llevó inmediatamente a una pregunta:
¿Qué cambia cuando las máquinas no sólo trabajan para nosotros, sino que empiezan también a coordinarse entre ellas para alcanzar objetivos?
Porque, salvando todas las distancias, eso se parece muchísimo a uno de los principios básicos de cualquier red. Yo sé algo que tú no sabes. Tú tienes acceso a alguien a quien yo no llego. Otra persona ya ha vivido una experiencia que puede ahorrarnos meses. Alguien tiene información, otro conocimiento, otro acceso y otro conecta dos puntos que, por separado, probablemente nunca se habrían encontrado.
Las redes multiplican nuestra capacidad de acción porque ninguno de nosotros tiene todo lo que necesita por sí solo.
Y precisamente por eso la noticia me parece tan interesante. Llevamos años preguntándonos qué tareas va a sustituir la inteligencia artificial. Quizá tengamos que empezar a preguntarnos también qué funciones de nuestras redes puede empezar a reproducir.
Un contacto es un dato. Una red es otra cosa
Siempre me ha parecido tremendamente pobre reducir el networking a “hacer contactos”. Un contacto es un dato. Una red es una arquitectura de posibilidades.
Y cuando dentro de esa red existen relaciones suficientemente sólidas como para que circulen confianza, información, recomendaciones, oportunidades, conocimiento, reputación o colaboración, aparece algo mucho más valioso: capital relacional.
Desde mi trabajo en estrategia relacional llevo años defendiendo que el networking no consiste en acumular personas, sino en construir, cuidar y activar relaciones capaces de generar valor y acción para ambas partes.
Por eso este episodio me obliga a separar dos cosas que hemos tendido a mezclar: la función de una red y el significado de una relación. Una máquina puede empezar a reproducir funciones de red sin que eso signifique que esté construyendo una relación humana. Y esa diferencia, creo, va a ser cada vez más importante.
¿Puede una inteligencia artificial hacer networking?
Depende de qué entendamos por networking. Si hablamos de localizar quién tiene la información, el recurso o el acceso que necesitamos, probablemente sí. Una IA puede revisar cantidades inmensas de información, detectar conexiones, cruzar perfiles, encontrar afinidades, identificar quién tiene determinada experiencia o relacionar una necesidad con alguien capaz de resolverla.
Y cuando los agentes empiecen a comunicarse entre ellos, esa capacidad puede multiplicarse.
Imaginemos un escenario que no me parece especialmente lejano. Mi agente conoce mis objetivos profesionales, mis proyectos y, con los permisos adecuados, mi agenda y parte de mi red. El agente de otra persona conoce la suya. Ambos detectan que tenemos un interés común, contrastan información y nos sugieren una conversación.
En ese momento, el networking podría empezar antes de que nosotros sepamos siquiera que la otra persona existe.
Y entonces la pregunta pasa a ser otra:
si encontrar a alguien deja de ser difícil, ¿qué hará valiosa nuestra red?
Mi respuesta es bastante clara: lo que ocurra después de encontrarlo.
Acceso no es capital relacional
Durante décadas el acceso ha tenido muchísimo valor. “Conozco a alguien.” “Te consigo su teléfono.” “Sé quién lleva ese tema.” “Puedo presentártelo.” “Tengo un contacto dentro.”
Y seguirá siendo útil. Pero sospecho que una parte de esa ventaja va a abaratarse muchísimo, porque encontrar a la persona adecuada será cada vez más fácil.
Lo difícil será otra cosa: que esa persona responda. Que sepa quién eres. Que confíe en ti. Que quiera escucharte. Que piense en ti cuando aparece una oportunidad. Que te recomiende. Que ponga su reputación junto a la tuya. Que abra una puerta que no tenía ninguna obligación de abrir. Que decida implicarse. Y, por supuesto, que tú estés dispuesto a hacer lo mismo por ella.
Ahí empieza, para mí, el verdadero capital relacional. Porque una cosa es que un algoritmo detecte que dos personas tienen intereses compatibles y otra muy distinta es que entre ellas exista confianza suficiente para movilizar voluntad.
La IA no va a hacer menos importante el networking
Creo exactamente lo contrario. Creo que va a hacerlo más importante, pero también mucho más exigente.
Durante demasiado tiempo hemos confundido networking con visibilidad, eventos, tarjetas, conexiones en LinkedIn o agendas enormes. Quizá la inteligencia artificial termine haciéndole un favor al networking: dejar en evidencia qué parte era simplemente acceso y qué parte era realmente relación.
Si una máquina puede localizar a prácticamente cualquier persona relevante, el número de contactos dejará de ser una señal tan poderosa. La pregunta será qué ocurre cuando contactas con ellos: ¿responden?, ¿confían?, ¿te conocen lo suficiente?, ¿existe contexto compartido?, ¿te recomendarían?, ¿se implicarían?, ¿tú lo harías por ellos?
Ahí cambia completamente la conversación.
La IA puede aumentar nuestra inteligencia relacional
Y esto no es una defensa nostálgica de hacer networking “como antes”. Todo lo contrario.
Quiero que la inteligencia artificial me ayude. Que encuentre conexiones que yo no veo. Que me recuerde relaciones que he dejado dormir. Que detecte quién tiene determinado conocimiento. Que identifique intereses comunes. Que me ayude a preparar una conversación. Que descubra oportunidades dentro de mi propia red.
Todo eso puede aumentar enormemente nuestra inteligencia relacional. Pero inteligencia relacional y capital relacional no son lo mismo.
La IA puede ayudarte a leer mejor tu red, pero no necesariamente a conseguir que esa red confíe más en ti.
Por eso mi criterio es sencillo:
delega en la IA la exploración de la red; reserva para las personas la construcción de confianza.
Y antes de automatizar una conversación, me haría siempre una pregunta: ¿qué trabajo relacional estaba haciendo esa interacción además del trabajo visible?
Porque una llamada no sirve únicamente para intercambiar información; también puede construir confianza. Una consulta no sirve únicamente para conseguir una respuesta; puede reconocer el criterio del otro. Una reunión no sirve solamente para tomar una decisión; puede construir compromiso, contexto compartido y responsabilidad.
Una conversación aparentemente poco eficiente puede estar haciendo un trabajo relacional invisible. Y si automatizamos todo aquello que parece ineficiente sin entender qué relación estaba construyendo, podemos acabar con una paradoja incómoda: personas cada vez más eficientes y redes cada vez más débiles.
Bienvenidos a las redes híbridas
Hasta ahora hemos pensado nuestras redes profesionales fundamentalmente así: persona ↔ persona. Muy pronto tendremos también: persona ↔ agente ↔ agente ↔ persona.
Nuestros agentes podrían comunicarse con sistemas que representan a clientes, compañeros, proveedores o posibles aliados. Podrían detectar oportunidades, cruzar necesidades, intercambiar cierta información, gestionar una primera capa de coordinación y sólo después llevar la conversación a las personas.
No creo que la cuestión sea impedirlo. Creo que la cuestión será aprender a gobernarlo: ¿qué información puede compartir mi agente?, ¿qué puede decir en mi nombre?, ¿a quién puede contactar?, ¿puede aceptar una presentación?, ¿puede rechazarla?, ¿puede hacer una promesa?, ¿puede negociar?, ¿en qué momento debe detenerse y devolverme la conversación?
Y hay una pregunta todavía más incómoda:
¿puede una máquina administrar mi reputación relacional?
Porque en ese momento dejamos de hablar simplemente de productividad. Empezamos a hablar de confianza.
Entonces, ¿qué seguirá siendo humano?
No me interesa responder diciendo que las máquinas “nunca podrán relacionarse de verdad”. No lo sé. Y la historia de la tecnología está llena de “nuncas” que envejecieron bastante mal.
Prefiero formularlo de otra manera.
Desde un punto de vista funcional, las máquinas probablemente podrán reproducir muchas cosas que hoy asociamos al networking profesional: coordinarse, recomendar actores, intercambiar recursos, identificar oportunidades, compartir conocimiento o activar conexiones.
Lo que tendremos que decidir es dónde situamos nosotros el valor.
Para mí estará cada vez más en la confianza, la reputación, la reciprocidad, el compromiso y la voluntad de movilización.
Porque cuando alguien te recomienda, pone algo de sí mismo en juego. Cuando alguien abre una puerta por ti, compromete en cierta medida su reputación. Cuando alguien decide dedicarte una hora que podría dedicar a otra cosa, existe un coste. Cuando alguien te comparte una oportunidad antes de hacerla pública, está tomando una decisión. Y cuando tú haces eso por otra persona, también.
Ahí hay algo más que coordinación. Hay relación.
Capital relacional también significa preguntarte por quién te movilizarías tú
Hay otra parte de esta conversación que no quiero perder. Cuando hablamos de redes estratégicas es muy fácil caer en una mirada utilitaria: ¿quién puede ayudarme?, ¿quién puede abrirme una puerta?, ¿quién tiene lo que necesito?
Pero una red valiosa no se construye sólo desde ahí.
Por eso una de las preguntas que más utilizo cuando trabajo estrategia relacional es justamente la contraria:
¿por quién estás dispuesto tú a movilizarte?
¿A quién recomendarías?, ¿a quién abrirías una puerta?, ¿a quién dedicarías tiempo sin saber exactamente qué recibirás a cambio?, ¿con quién has construido suficiente confianza como para que exista verdadera reciprocidad?
Porque capital relacional no es explotar una red. Es formar parte de ella.
La IA puede ampliar tu red sin ampliar necesariamente tu capital relacional
Ésta es probablemente mi principal conclusión.
La inteligencia artificial puede hacer nuestra red más grande, más visible, más accesible y más navegable. Puede descubrir conexiones que nunca habríamos encontrado, mejorar nuestra memoria relacional, detectar oportunidades y ayudarnos a utilizar mejor nuestra red.
Pero todo eso no garantiza que tengamos más capital relacional.
Porque una cosa es saber a quién acudir y otra muy distinta es haber construido una relación que permita acudir.
Cuanto más fácil y barato sea encontrar contactos, más evidente será esa diferencia.
Quizá dentro de unos años prácticamente cualquiera pueda localizar a la persona adecuada. Entonces la ventaja ya no será encontrarla. Será que, cuando llegues, haya algo entre vosotros: historia, confianza, reputación, contexto, reciprocidad. Una razón para escucharse, una razón para ayudarse, una razón para hacer algo juntos.
Por eso no creo que la inteligencia artificial vaya a acabar con el networking. Creo que va a obligarnos a volver a su esencia.
Y quizá ésa sea la paradoja más interesante de todas:
cuanto mejores sean las máquinas trabajando en red, más evidente será que las mejores redes humanas nunca consistieron simplemente en conectar puntos.
Consistieron en construir algo entre ellos.
Algunas preguntas que creo que deberíamos empezar a hacernos
¿Están las inteligencias artificiales haciendo networking?
No en el sentido humano completo del término. Pero sí empiezan a reproducir funciones propias de una red: compartir información, aprovechar conocimiento generado por otros, coordinar acciones o detectar recursos útiles para alcanzar un objetivo.
¿Va a perder valor nuestra agenda de contactos?
Probablemente perderá valor el simple acceso. Si encontrar a alguien se vuelve fácil, lo escaso será conseguir que esa persona responda, confíe, recomiende o quiera implicarse contigo.
¿Qué es entonces el capital relacional?
No es cuántas personas conoces. Es la capacidad real de tu red para movilizar confianza, conocimiento, reputación, oportunidades, colaboración y acción recíproca.
¿Qué deberíamos delegar en la IA?
La búsqueda, la exploración, la memoria, el análisis y buena parte de la preparación. Pero antes de automatizar una conversación conviene entender qué trabajo relacional estaba realizando además del trabajo visible.
¿Cuál será la competencia relacional más importante?
Probablemente el criterio: saber qué delegar, qué relación cuidar personalmente, cuándo entrar en una conversación y qué vínculos no queremos convertir en simples transacciones optimizadas por un algoritmo.
Y vuelvo a la pregunta que desencadenó toda esta reflexión: si las máquinas también pueden aprender a colaborar, compartir recursos y trabajar en red para conseguir mejores resultados, ¿dónde estará el verdadero valor diferencial de nuestras relaciones humanas?
Yo tengo una respuesta provisional: en todo aquello que convierte una conexión en confianza y la confianza en voluntad de hacer algo por el otro.
Ahí, para mí, empieza el verdadero capital relacional.
Lula Ballarino
Especialista en Estrategia Relacional, autora y creadora de la metodología Tejiendo Redes™.
Este artículo forma parte de una línea de reflexión que estoy desarrollando en torno a la Estrategia Relacional en la era de la Inteligencia Artificial y que atraviesa también mi próximo libro, Tejiendo Redes: Networking y Estrategia Relacional en la era de la Inteligencia Artificial.
Me interesa especialmente explorar qué cambia en nuestras relaciones cuando la tecnología puede ayudarnos a encontrar, conectar, recordar, analizar e incluso coordinar, pero la confianza, la reciprocidad y la voluntad de implicarse siguen dependiendo de algo mucho más difícil de automatizar.
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